143. El arte de la confesión controlada.
Narra Lorena.
La puerta finalmente se abre.
No hay ruido. Ni chirrido ni alarma ni golpe seco. Se abre como si estuviera viva. Como si me hubiera estado observando todo este tiempo y ahora, por fin, decidiera tragarme.
Gomes entra.
Y con él, el aire cambia.
No porque traiga perfume —porque no lo trae— sino porque impone. Es la clase de hombre que convierte el uniforme en una declaración de principios. No lleva armas visibles. No necesita.
Su sola presencia es un arma cargada.
Alto.
Con el mentó