Leandro
Jamás había sentido tanta rabia como en este momento, y sí que he pasado por rabias en mi vida, pero nunca como hoy. Por eso estoy hablando sin pensar, pero no me retractaré.
—Leandro.
—Te vienes conmigo a la ciudad, hoy mismo. —Le repito —. No voy a tolerar que te insulten ni un minuto más.
—¡¿Qué?! No.—Se interpone la señora Bailey—. Mi hija es una niña de bien, y saldrá de esta casa como Dios manda. Casada por la iglesia del pueblo.
—¡Bailey!
—No sé qué demonios te pasa, no sé de dónd