No lo pierdan de vista.

El silencio llenó la habitación, tan espeso que el leve golpeteo del viento contra las ventanas sonaba como un recordatorio de que el mundo seguía ahí afuera. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎

Vallois respiraba con dificultad. El sudor le resbalaba por la sien y sentía el corazón latirle tan fuerte que por momentos temía que Julián pudiera escucharlo. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎

Sabía que el hombre frente a él no estaba jugando; en su mirada había una determinación helada, la de alguien que ya había tomado una decisión. ‎‍‍‍‍‍‎
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