Cuando Lisandro llegó al restaurante, su corazón latía con una mezcla abrasiva de miedo y rabia. No necesitó entrar del todo para ver lo que su mente más temía: Valeska, con la mirada perdida, tambaleante, se desplomaba justo cuando él irrumpía por la puerta, cayendo hacia delante como una muñeca rota.
Sus reflejos fueron más rápidos que su pensamiento. Corrió, estiró los brazos y la sostuvo justo a tiempo, envolviéndola con desesperación, como si pudiera evitar que el mundo la lastimara con so