El reloj marcaba las seis de la mañana cuando Lisandro cruzó la puerta de la casa. El eco de sus pasos resonó en la inmensidad del lugar, pero la soledad no lo abrazó como de costumbre. Esta vez, la sombra de un presentimiento oscuro lo acompañaba, una certeza que le helaba la sangre: algo estaba por suceder. No tenía que ser un genio para darse cuenta de que el ambiente era diferente.
Había algo en el aire, un peso, una carga invisible que le oprimía el pecho con cada paso que daba. La luz de