El bar estaba envuelto en un murmullo de voces apagadas y el tintineo de vasos. La luz tenue apenas iluminaba el rostro de Oliver, que seguía procesando lo que acababa de soltar. Fabricio lo miraba con los ojos abiertos de par en par, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
—¿Lisandro? ¿El padre? —replicó Fabricio, bajó la voz para que nadie más en el bar pudiera escuchar—. Eso no tiene sentido, Oliver. ¡Lisandro no puede ni ver a Iskra sin que le dé asco! ¿De dónde sacaste esa locura