La mañana había comenzado con un cielo encapotado que no terminaba de decidirse entre llover o despejarse. El aire olía a hospital desde la entrada: una mezcla agria de desinfectante, metal tibio y café recalentado.
Oliver se apoyaba en la baranda del pasillo, con los brazos cruzados, observando con los ojos entrecerrados la sala de espera. Había pasado la noche en vela, no tanto por el estado de Lisandro, que seguía sin dar señales reales de mejoría, sino por la ausencia de ella.
—No responde