Oliver respiraba, pero cada bocanada de aire se sentía como una puñalada. Estaba ahí, sentado junto a Valeska, con el rostro entre las manos, temblando no de miedo, sino de culpa.
Una culpa tan inmensa que le nublaba los sentidos, que le pesaba en la espalda como si alguien lo hubiese encadenado a su propio error. No podía dejar de pensar en eso. No podía apartar de su mente la certeza de que, si se hubiera quedado callado, si no hubiera abierto la boca esa mañana, nada de esto habría pasado.
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