Lisandro no necesitó decir una palabra. Su mirada, más que cualquier otra cosa, había sido suficiente para que el aire se cargara de tensión. Caminó con firmeza, sus pasos resonando en el silencio de la calle vacía, hasta que estuvo justo frente a Valeska.
Ella no se movió. Ni siquiera parpadeó.
Los ojos de Lisandro brillaban con una intensidad que podría haber atravesado la noche misma. Su presencia era como un peso invisible que se sumaba a la atmósfera, haciéndola más densa, más pesada. Cada