De regreso a su casa, cruzó el umbral, sintiendo cómo la rabia se acumulaba en su pecho con la fuerza de una tormenta. Cerró la puerta con un golpe seco. El sonido resonó en la estancia vacía, un eco de su frustración. Caminó con pasos rígidos hasta el centro de la sala, donde se quedó de pie, temblando de indignación, mientras trataba de controlar la ola de emociones que amenazaba con consumirla.
Tomó su teléfono con dedos crispados y marcó el número de Theo, presionando el dispositivo contra