La decadencia tenía un nombre. Y ese nombre era Theo.
Llevaba días sumergido en un abismo de alcohol y autodestrucción, hundiéndose cada vez más en el agujero negro de su propia miseria. La luz tenue del departamento apenas iluminaba las botellas vacías esparcidas por el suelo, los ceniceros completamente llenos de colillas y las cortinas corridas que bloqueaban cualquier indicio del mundo exterior. El aire estaba cargado de una mezcla nauseabunda de whisky rancio y humo de cigarrillo, impregna