—Pueden pasar—dijo el empleado.
Detrás de él había una cortina dividida en dos. Un viento frío soplaba desde adentro, revelando un pasillo oscuro. De vez en cuando se escuchaban gritos. Paula tragó saliva y agarró la mano de Lucía, avanzando con cautela.
Lucía prácticamente la arrastraba. Viendo lo asustada que estaba Paula, no pudo evitar sonreír:
—¿Segura que quieres entrar?
—¡Claro! Ya estamos aquí, ¿no?
Lucía suspiró. Ya que estaban allí...
Aunque muerta de miedo, Paula fingía valentía y ti