En el frío invierno, en ese viejo complejo residencial, después de las nueve ya casi no había gente. Las farolas cercanas funcionaban intermitentemente, así que Daniel, preocupado por su seguridad, bajaba puntualmente a esperarla siempre que podía.
Aunque la hora de llegada de Lucía no era fija, la diferencia solía ser de apenas veinte o treinta minutos. Hoy, sin embargo, se había retrasado dos horas completas. Y además, había bajado del coche de Jorge.
Él supuso que algo debió haber ocurrido en