Joaquín permaneció inmóvil en el salón después de que los guardias sacaran a Daniela de la mansión.
El eco de sus gritos todavía parecía resonar entre las paredes, pero él no hizo el menor intento por detenerlos. Su mirada permanecía fija en el jardín que se extendía detrás de los enormes ventanales. Los árboles se mecían suavemente con el viento, ajenos al caos que acababa de desatarse dentro de aquella casa.
El silencio era absoluto.
Su madre observó el perfil de su hijo con el corazón oprimid