La anciana miró a su hijo con una mezcla de temor y furia.
Por primera vez, Agatha Kirland comprendió que Horacio había escuchado demasiado.
Hasta ese momento había creído tener el control de la situación.
Sus hombres estaban allí, sus órdenes habían sido claras y nadie se había atrevido a cuestionarla.
Pero Horacio había entrado en el peor momento posible.
—Madre... —repitió él, horrorizado—. ¿Realmente acabas de ordenar que provoquen un incendio?
Agatha apretó los labios.
Durante unos segundos