Un mes después.
La enorme habitación permanecía en absoluto silencio.
Las cortinas estaban entreabiertas, permitiendo que la tenue luz de la mañana iluminara el elegante dormitorio de la mansión Kirland.
Joaquín permanecía inmóvil frente al enorme espejo de cuerpo entero.
Su reflejo le devolvía la imagen de un hombre que apenas lograba reconocer.
Vestía un impecable traje oscuro, perfectamente ajustado, pero ni la elegancia de su ropa conseguía ocultar el cansancio que se reflejaba en su rostro.