El sonido implacable del aguacero contra el techo de metal creaba una atmósfera aislada del resto del mundo.
Afuera, la tormenta rugía con fuerza desmedida, pero dentro del habitáculo la tensión acumulada pesaba más que el propio aire.
Joaquín rompió la penumbra con una mirada cargada de arrepentimiento y una devoción desesperada que amenazaba con desbordarlo.
—Miranda… sé muy bien cuánto te he lastimado, pero no puedo concebir un solo segundo en un mundo donde tú no estés.
Miranda alzó los ojos