Joaquín levantó la mirada y, al ver a las dos pequeñas frente a él, sintió que el corazón le daba un vuelco.
Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar.
Las niñas lo observaban con sus enormes ojos llenos de ilusión.
Eran tan pequeñas, tan inocentes, y había algo en sus rostros que le resultaba dolorosamente familiar.
Sus mejillas, la forma de sus ojos, aquella manera tan dulce de mirarlo...
De pronto, todo lo demás dejó de importar.
—¡Mis bebés! —exclamó con la voz quebrada—. ¡Mis niñas!
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