—¿Papá? —repitió la anciana con incredulidad, mirando a las dos pequeñas—. ¿De verdad creen que unas bastardas pueden pertenecer a la sangre Kirland?
Su tono estaba cargado de desprecio.
La mujer se acercó lentamente a las gemelas. Las observó con detenimiento, como si intentara encontrar en sus rostros alguna respuesta.
Entonces las reconoció.
Había visto a aquellas niñas antes.
Fue en aquella tienda de vestidos, el día en que Miranda había estado con ellas.
La anciana entrecerró los ojos.
Ahor