Joaquín la miró con una mezcla de rabia, decepción y agotamiento.
—Liliana... —pronunció lentamente—. ¿Tu hermano es un criminal?
Todavía permanecía arrodillada frente a él, con las manos juntas, suplicando por la vida de Aurelio. Las lágrimas ya habían empapado su rostro.
—No, señor Kirland. Mi hermano no es un criminal. Se lo juro.
Joaquín soltó una risa amarga.
—¡Mientes!
Aurelio permanecía de rodillas unos metros más atrás, golpeado y humillado por los hombres de Joaquín.
Al escuchar aquello