El trayecto de regreso a casa transcurrió en un silencio denso, solo interrumpido por el suave murmullo de la música que Alessandro había dejado encendida en el coche. Erika se mantenía con la vista fija en la ventana, observando cómo las luces de la ciudad pasaban a su lado en destellos borrosos. Su mente estaba lejos, atrapada en una vorágine de pensamientos confusos.
Sabía que Alessandro y su madre no tenían malas intenciones, pero tampoco podía evitar sentir que todo aquello era demasiado. Demasiada amabilidad, demasiada paciencia, demasiado interés en alguien como ella, que no estaba acostumbrada a recibirlo sin un precio oculto. Su vida le había enseñado que cada gesto de cariño tenía una deuda adjunta, y temía descubrir cuál era la que ellos esperaban cobrar.
Alessandro, al volante, la observaba de reojo. No la presionó, no intentó hacerla hablar. Conocía el estado en el que se encontraba y sabía que cualquier palabra de su parte solo serviría para hacerla retroceder más. Pero