El trayecto de regreso a casa transcurrió en un silencio denso, solo interrumpido por el suave murmullo de la música que Alessandro había dejado encendida en el coche. Erika se mantenía con la vista fija en la ventana, observando cómo las luces de la ciudad pasaban a su lado en destellos borrosos. Su mente estaba lejos, atrapada en una vorágine de pensamientos confusos.
Sabía que Alessandro y su madre no tenían malas intenciones, pero tampoco podía evitar sentir que todo aquello era demasiado.