El restaurante elegido por Amelia era uno elegante pero acogedor, con luces tenues que proyectaban un ambiente íntimo y relajado. Las mesas estaban decoradas con manteles de lino y pequeños candelabros de cristal que iluminaban los rostros de los comensales con una calidez dorada. Sin embargo, a pesar de la atmósfera reconfortante, Erika no podía relajarse.
Desde el momento en que se sentó frente a Alessandro y su madre, sintió una inquietud persistente en el pecho. No era la primera vez que cenaba con ellos, pero esta noche se sentía diferente. Algo dentro de ella se había replegado, como si su cuerpo y su mente se prepararan para un ataque inminente, aunque ninguno de los dos le diera razones para sentirse así.
—Espero que te guste el lugar, Erika. —La voz de Amelia era amable, casi maternal, pero para Erika esa dulzura solo la hacía tensarse más.
—Sí, es… bonito. —respondió, con un tono neutro, casi automático.
Alessandro la observó con discreción desde el otro lado de la mesa. Sab