Alessandro conducía sin un rumbo fijo, sus dedos tamborileando con impaciencia sobre el volante. La escena en la habitación aún persistía en su mente, la sensación de su piel temblorosa bajo sus labios, la forma en que su respiración se entrecortaba, hasta que pronunció ese maldito nombre.
«Damián.»
Sintió cómo la ira volvía a recorrer su cuerpo. Su agarre sobre el volante se tensó, los nudillos tornándose blancos.
«¿Cuánto más pensaba Erika aferrarse a ese estúpido recuerdo?»
Sabía que no serí