La noche del día dieciséis no cayó de golpe.
Se fue cerrando poco a poco, como una puerta que alguien empuja desde el otro lado sin prisa, asegurándose de que nada quede afuera. La luz descendió apenas unos grados, lo suficiente para marcar el cambio, pero no para suavizar el ambiente. En ese lugar, la noche no ofrecía descanso. Solo hacía más evidente lo que durante el día podía disimularse.
Cuando Erika regresó a su habitación, el silencio la recibió como siempre. Pero esta vez no le resultó