La noche del día doce comenzó mucho antes de que el cielo se oscureciera por completo.
Comenzó en el instante exacto en que Erika decidió no correr.
Ese momento, pequeño en apariencia, había alterado algo profundo en el equilibrio entre ella y Damián.
Y ambos lo sabían.
El regreso al interior del laboratorio fue lento.
No porque el camino fuera largo.
Sino porque ninguno de los dos tenía prisa por acortar esa transición entre el exterior y el encierro.
El aire cambió primero.
De