La noche descendía sobre la ciudad como un velo espeso, cargado de electricidad contenida. Las luces parpadeaban en los rascacielos, los autos seguían su curso sin saber que, entre ellos, se movilizaban hombres entrenados, de vidas marcadas por órdenes silenciosas y lealtades compradas.
El enfrentamiento entre los hombres de Alessandro y los de Débora había dejado una huella en el aire, un rastro invisible que cualquiera con instinto de supervivencia habría podido oler. La ciudad estaba inquieta