Habían pasado dos semanas desde aquel encuentro inesperado entre Erika y Lucca Serrano en la pequeña pizzería de la ciudad. Dos semanas desde ese cruce de miradas tensas, ese abrazo inseguro y esa conversación apenas suficiente para abrir, muy lentamente, una puerta que llevaba años cerrada. Dos semanas en las que, para sorpresa de ambos, el lazo que no habían construido en décadas empezó a tejerse con hilos nuevos, delicados, pero reales.
Y ahora, ahí estaban: padre e hija, conduciendo por un