Habían pasado dos semanas desde aquel encuentro inesperado entre Erika y Lucca Serrano en la pequeña pizzería de la ciudad. Dos semanas desde ese cruce de miradas tensas, ese abrazo inseguro y esa conversación apenas suficiente para abrir, muy lentamente, una puerta que llevaba años cerrada. Dos semanas en las que, para sorpresa de ambos, el lazo que no habían construido en décadas empezó a tejerse con hilos nuevos, delicados, pero reales.
Y ahora, ahí estaban: padre e hija, conduciendo por un camino serpenteante que subía hacia las montañas. La tarde estaba hundiéndose en un tono rosado, con nubes que parecían algodón teñido de durazno. Los árboles, altos y frondosos, formaban un túnel natural sobre la carretera, dejando entrar destellos de luz que acariciaban el interior del auto.
Erika observaba el paisaje con la mejilla apoyada en el vidrio. Una parte de ella se sentía emocionada; otra parte, nerviosa. Pasar dos semanas completas con Lucca en una cabaña se sentía como algo enorme.