Con su voz de ejecutiva eficiente, Miranda aclaró que no creía en las coincidencias y sabía que había algo de fondo. David acomodó la guitarra en su espalda listo para irse, pero ella lo detuvo; quería saber por qué estaba ahí.
—Sé que tienes apuros económicos y tener un techo seguro no te alcanzará —dijo el vagabundo con un halo de vergüenza en sus palabras.
—¿Decidiste investigar mi vida? —preguntó ella.
La pregunta sin respuesta quedó en el aire.
—Si aceptas el contrato, podrías olvidar