David de las Casas se encontraba sentado en la habitación principal de su mansión. Sentía que el peso del perfume de Miranda, que poco a poco se desvanecía en el ambiente, se volvía cada vez más fuerte y doloroso. Vencido por el cansancio, se quedó dormido con la cabeza apoyada en el ropero de su esposa mientras observaba el desastre intacto de aquella fatídica madrugada.
Sin embargo, sus recuerdos no paraban ahí; retumbaban con crueldad, transportándolo en sueños hacia el lugar donde conoció