La mañana empezó con carreras inesperadas. Miranda se quedó dormida y la oficina le quedaba al doble de distancia. A regañadientes se peinó; su alborotado cabello, falto de su acondicionador caro, se negaba a cooperar. Buscó los tacones del uniforme y no los encontró; recordó con amargura que se habían quedado en la casa de David, y los que tenía de repuesto debieron quedarse en el departamento que compartió con Frederic. En ese momento los odió a los dos. Se puso unos zapatos fuera de tono y