David necesitaba un tiempo a solas con sus harapos y su filosofía. Le entregó la guitarra y las llaves como quien encarga un tesoro invaluable en un banco.
—Ve a la casa. Mañana vas por tus cosas; descansa. Yo iré más tarde.
Miranda apretó las llaves y sintió que el frío metal parecía quemarle la piel al tacto. No había firmado nada aún, pero sus simples palabras eran la última reserva de aire antes de ahogarse. Podía morir o luchar y salir a flote...
Al llegar a la casa, el aire la golpeó