Al despertar, David se quedó en silencio. Los rostros trágicos de sus acompañantes eran la señal inequívoca de que no había ocurrido ningún cambio significativo. No podía reclamarles por haberlo obligado a dormir; en el fondo, comprendía que Miranda lo iba a necesitar fuerte, no postrado en otra sala con una vía intravenosa debido al desgaste y la falta de descanso. Con parsimonia, sacó la trenza castaña de su bolsillo, se la extendió a su amigo y le ordenó con voz ronca:
—Héctor, quiero que ha