Para el presidente pasaron las horas entre saltos de sueño y comidas ligeras con Rosalín y Héctor, hasta que sesenta horas después de terminada la operación, al entrar tocó la mano de Miranda. Con debilidad, ella apretó su mano. No era un simple reflejo; era algo más. Al soltarse, ella abrió levemente los ojos y con palabras pausadas, en un susurro, dijo:
—Frederic, papá…
Sus palabras le quemaron la piel a David más que su odio. Su mente ágil de presidencia seguía trabajando a mil y dio una res