David se sentó con el cuerpo aún temblando después de haber firmado la documentación. Esperaba que los médicos hicieran bien su trabajo, pero ignoraba por completo que ellos llevaban controlando la situación de manera milimétrica incluso antes de que Miranda ingresara físicamente al hospital.
En el cubículo de urgencias, dos enfermeras contenían el aliento. Miraban, bajo la fina capa de maquillaje que aún resistía en su piel, el rostro pálido de aquella mujer a quien la vida se le escapaba casi