El martes temprano David salió de su habitación. Encontró la charola en el piso tal y como la había dejado la noche anterior; giró la manija de la puerta y suspiró aliviado al ver que no estaba con seguro. Después de dar pequeños golpes sin recibir respuesta, abrió la puerta; la cama vacía, la bata de seda de Miranda en el suelo cubierta de un rojo carmín, la paleta de maquillaje derramada y la habitación inundada del aroma a gardenias, el perfume de Miranda. Escuchó la ducha y llamó desesper