Con el terno deportivo, desprovista de ropa interior y con los zapatos de tacón, Miranda se ponía de pie frente al espejo sintiéndose ridícula. Suspiró y caminó por el pasillo para dirigirse a las escaleras. Su taconeo rítmico alertó a David; ella bajó los escalones y lo encontró parado al final. Él la miró con una seriedad ensayada y le ofreció el brazo.
—Luce radiante. Explotaremos las redes —comentó él, saliendo de su habitual envoltura.
—Pensé que don filósofo del puente carecía de sentido