Las luces navideñas empezaron a cubrir la ciudad; los tonos dorados, rojos y en especial el verde le hacían recordar a Miranda en cada parpadeo que estaba vendiendo su libertad a cambio de estabilidad financiera. Iba a desocupar sus maletas, pero decidió tentar a su jefe.
Tomó la manija de la más pequeña y se dirigió a la recámara principal. Se detuvo frente a la puerta dispuesta a llamar y poner sobre la mesa sus pretensiones. Su discurso inicial ya fue revisado y sonaba bien en su mente: