La noche estaba demasiado fría, tanto que hasta dolía respirar, pero aquello no era lo que atormentaba a Naia. Los tres bajaron por el ascensor, pasaron por la puerta principal, pero nadie los detuvo. No había ni una sola persona que se preguntara por la suerte de una latina con los ojos llorosos que clamaba por ayuda en silencio mientras cargaba a su hijo y mientras un hombre más alto que ella había aferrado su mano en su brazo para que no se alejara.
Naia pasó saliva al ver el automóvil negro