Al principio, Jenifer se resistía con todas sus fuerzas.
Sin embargo, cuando alcanzó a ver con el rabillo del ojo a Felipe y a Isabel en la puerta, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—No era eso lo que quería decir. De verdad no lo sabía. Lucía, suéltame primero.
Luego gimió, con la voz temblorosa:
—Ah, me duele mucho la herida.
Esa frase bastó para que la rabia de Isabel se desbordara por completo.
—Lucía, ¡suéltala ahora mismo!
Diciendo eso, entró al cuarto del hospital como una des