La mañana despertó envuelta en una brisa fresca.
Había llovido durante la madrugada y el jardín conservaba el olor profundo de la tierra mojada, ese aroma que parecía subir desde las raíces y mezclarse con el café recién preparado dentro de la casa. Las hojas del árbol de mango brillaban bajo las primeras luces, todavía cargadas de gotas que caían de vez en cuando sobre el césped.
Más allá de las paredes, Santo Domingo comenzaba a moverse. Se escuchaban motores, una radio encendida en alguna vi