El alba se abrió sobre Santo Domingo con una claridad serena.
La luz entró por el ventanal de la habitación y se deslizó sobre los muebles, revelando las motas de polvo que flotaban en el aire. Afuera, el jardín todavía conservaba la humedad de la noche. Las hojas del árbol de mango brillaban bajo el rocío y, desde la cocina, llegaba el aroma del café que alguien había puesto a preparar antes de que el resto de la casa despertara.
Valeria estaba sentada frente al espejo de la cómoda.
Llevaba un