La tarde descendía sobre Santo Domingo con una calma que parecía amortiguar incluso los sonidos de la ciudad.
El sol se encontraba cerca del horizonte y teñía el cielo de tonos anaranjados, púrpuras y dorados. A lo lejos, el mar devolvía aquella luz convertida en un camino brillante que se estrechaba hasta confundirse con el cielo. Desde el porche, Valeria podía distinguir el movimiento de las copas de los árboles y las ramas todavía frágiles de los que la familia había plantado el día anterior