El aire de la sala de juntas de cristal se volvió denso, pesado, como si de repente nos hubiéramos quedado sin oxígeno. Mis dedos seguían posados todavía sobre su mano grande, cálida y firme, y aunque por fuera me mantuve erguida, impasible, con la mirada fría y clavada en la suya, por dentro sentí cómo el suelo se movía bajo mis pies. Cuatro años. Cuatro años enteros preguntándome, buscando, dándole vueltas sin descanso a aquella mirada en la puerta de la catedral, al coche negro en la plaza, al mensaje de texto sin nombre segundos antes de despegar. Y ahora, de golpe, todo estaba ahí, de pie frente a mí, con traje negro y una cicatriz blanca en la mandíbula, diciéndome en voz baja y tranquila que nunca, en ningún momento, había estado sola. Ni siquiera el día que más sola me sentí en el mundo entero. Retiré la mano muy lentamente, con calma controlada, y di un paso atrás para recuperar distancia, para recuperar el control que siempre he cuidado como mi bien más preciado. Me acomod
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