El alba llegó a Santo Domingo sin ninguna señal extraordinaria.
No hubo una luz distinta descendiendo del cielo, ni el mar cambió su manera de golpear la costa, ni los pájaros guardaron silencio para anunciar que aquel día sería recordado por la familia durante generaciones. El sol apareció sobre los tejados como todas las mañanas, tiñendo lentamente el cielo de dorado y despertando la ciudad con el ruido de los primeros vehículos, las radios encendidas y las voces de quienes comenzaban demasia