Muchos años después, la casa blanca continuaba en pie.
Ya no tenía exactamente el mismo aspecto. Las paredes habían sido pintadas varias veces, algunas ventanas fueron reemplazadas y la cocina que Alejandro defendió durante décadas había sido remodelada finalmente, para indignación póstuma de un hombre que estaba convencido de que todo podía repararse mientras todavía quedara cinta adhesiva y paciencia.
El jardín también había cambiado.
Los árboles pequeños que la familia plantó aquella mañana