Lucía apoyó la cabeza en la ventanilla del coche. De vuelta al trabajo. «Sí. Lo sé».
Cinco horas después, se detuvieron frente a su edificio. «Déjame abrirte la puerta», dijo él, extendiendo la mano hacia la manija.
«No. Espera». Ella le agarró el antebrazo. «Siento que deberíamos hablar». Probablemente debería haberlo mencionado durante el trayecto, pero siempre se había acobardado. Quizás esto era mejor. Al menos tenía una vía de escape.
Javier apagó la radio y se giró hacia ella. «Sí. Claro»