Entró furioso en la cocina, sin importarle el ruido que hacía al sacudir los armarios. Rebuscó en la nevera, preparándose a toda prisa el batido saludable que solía tomar después de correr, sin apenas prestar atención a lo que hacía.
¿Qué más daba?
«Enhorabuena, imbécil», se gruñó a sí mismo. «Eres un gran amigo. ¡Qué suerte tienes!». Se apoyó en la encimera, pero al contemplar las vistas, se detuvo en seco. Porque una mujer estaba allí, de espaldas a él, mirando fijamente el mismo mar. El cora