Regreso a la mesa con las piernas todavía un poco temblorosas y la imagen de Sam grabada a fuego en mis retinas. El encuentro en el pasillo me había dejado una sensación de irrealidad, como si el pasado hubiera decidido materializarse como una broma pesada. Me siento frente a Lucien, tratando de recuperar la compostura, pero el postre —la tartaleta de frutos rojos que hace diez minutos me parecía una delicia— ahora se ve como algo insípido.
Mis ojos, de forma casi instintiva, empiezan a vagar p