Cruzo el umbral de la mansión Belmont con la cabeza en alto, ignorando las miradas furtivas del personal y la tensión que aún vibra en el aire tras mi enfrentamiento con Arthur. Mis tacones Paciotti golpean el sendero de piedra con una cadencia implacable, el sonido metálico de la pequeña daga en mi tobillo marcando cada paso como un recordatorio de que ya no soy una víctima, sino alguien que está aprendiendo a pelear.
Al llegar al portal principal, los guardias se cuadran de inmediato. Uno de