Permanecemos allí, de pie en el balcón del ático, mientras la noche de Las Vegas se extiende ante nosotros como un océano de promesas rotas y deseos prohibidos. El viento sopla con una fuerza renovada, azotando los mechones de mi cabello contra mi rostro y colándose por las aberturas de mi vestido, provocándome un estremecimiento que no es solo por el frío.
Lucien no se mueve. Se queda allí, estático, con la mirada fija en mí, esperando una respuesta que puede definir el resto de nuestras vidas